Obra publicada / STRATA
QUINQUE
De la serie STRATA
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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STRATA
Serie pictórica
STRATA
STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
- Estudios de contexto
- 18
Nota conceptual
En "QUINQUE", la superficie del lienzo se convierte en una geografía de tensiones cromáticas y tectónicas, dividida en dos grandes regiones de calidez dispar: un vasto campo superior de un ocre terroso y texturado que gravita sobre una franja inferior de amarillo vibrante y luminoso. La cicatriz irregular y oscura que actúa como línea de horizonte no es una simple costura divisoria, sino un espacio de fricción donde los conceptos de pertenencia y protección se encarnan de manera física. En esta frontera inestable, dos bloques matéricos de mayor relieve se asientan como centinelas silenciosos, reclamando su lugar en la herida que separa la densidad del ocre de la expansión del amarillo. Estos bloques no solo custodian el límite, sino que actúan como anclas espaciales, refugios tridimensionales de un secreto material que se resiste a ser disuelto por la marea lumínica inferior. De este modo, la pertenencia se define en esta franja no como una asimilación homogénea al espacio, sino como una resistencia activa, un amparo mutuo donde el límite protege a los cuerpos de la intemperie visual del vacío.
Al levantar la materia sobre el lienzo de "QUINQUE", siempre he buscado que la pintura actúe como una segunda piel, un muro orgánico que acumula el peso del tiempo y del gesto repetido. Cuando mis manos moldearon esa frontera rugosa entre el ocre y el amarillo, sentí que no estaba simplemente trazando una línea, sino construyendo un cordón de seguridad, un estrato de óleo y acrílico capaz de amortiguar el desgaste de la realidad. Colocar esos dos bloques inferiores directamente sobre el horizonte fue un acto de asentamiento íntimo; necesitaba darles un suelo, un nido de materia densa donde resguardarse. Para mí, la pintura es un ejercicio de protección contra la dispersión y la inestabilidad de la memoria, un esfuerzo físico por retener lo que amenaza con desvanecerse en el olvido, levantando baluartes táctiles que sostengan el peso de nuestra propia fragilidad.
Al desplazar la mirada hacia la porción superior del lienzo, la densidad terrestre del horizonte cede el paso a una atmósfera suspendida, donde tres finas líneas incisas atraviesan de manera sinuosa el vacío ocre. Sobre estas sutiles hendiduras descansan tres bloques diminutos, casi ingrávidos, introduciendo una paradoja visual donde reside el concepto de confianza. Estos elementos no se apoyan sobre una superficie saliente o un relieve firme, sino sobre una sustracción de la materia, un raspado preciso que expone la vulnerabilidad del soporte. La confianza se revela aquí como una tensión puramente física e íntima: la fe de que un desgarro controlado, un trazo sustractivo en el plano pictórico, posee la fuerza necesaria para sostener la presencia del objeto en medio de la inmensidad cromática, demostrando que el vacío no siempre es abismo, sino un surco donde la levedad encuentra su propio sustento.
El número cinco, que da título a esta obra, no es para mí una mera cifra de ordenación geométrica, sino una escala humana vinculada al tacto, a los dedos que raspan y miden el espacio. Al herir la superficie cromática con esas tres incisiones superiores, expuse el lienzo a una vulnerabilidad compartida; cada surco es un canal de confianza donde deposito estos pequeños bloques de materia clara. Al colocarlos allí, me pregunto constantemente si estos tres elementos suspendidos intentan ascender hacia un plano ingrávido o si, por el contrario, han encontrado una extraña y poética forma de pertenencia en el propio proceso de la caída, desobedeciendo las leyes de la gravedad física para entregarse a la ley de la pintura. No hay caída trágica aquí, sino un reposo suspendido en el que el corte se convierte en el único hogar posible para el cuerpo que habita el cuadro.
En su totalidad, "QUINQUE" se ofrece al espectador no como un enigma intelectual que requiera ser descifrado, sino como una "orilla táctil" donde el adentro y el afuera del espacio pictórico entran en un diálogo íntimo y corpóreo. La pintura sintetiza la pertenencia, la protección y la confianza en una sola experiencia sensorial, recordándonos que el habitar el mundo no exige la rigidez de una estructura inamovible o monolítica. Al final, la obra de Maurizio Valch nos revela que la verdadera pertenencia surge de la valentía de sostenerse en los límites más sutiles, confiando plenamente en la capacidad de la propia materia para recordar, acoger y proteger sus heridas, transformando cada incisión y cada vacío en un espacio de resistencia y refugio sagrado.