Obra publicada / SITUS
COACTUS
La gravedad de las fuerzas invisibles y las celdas del refugio en la pintura de Maurizio Valch
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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SITUS
Serie pictórica
SITUS
SITUS reúne pinturas abstractas donde la posición de una forma, la distancia que la separa de otra y la actividad del vacío construyen un territorio de relaciones. Maurizio Valch trabaja líneas, bordes, desniveles y campos cromáticos como condiciones de presencia antes que como signos de una narración cerrada. Ver serie
- Estudios de contexto
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Nota conceptual
Contemplar "COACTUS" es situarse ante una cartografía que no busca describir la tierra, sino registrar las fuerzas invisibles que la sostienen. En este lienzo de Maurizio Valch, el espacio no se ofrece como un vacío pasivo, sino como una acumulación de presiones, una estratificación de pesos y tensiones donde cada bloque de color parece estar librando una batalla silenciosa contra su propio colapso.
Primer Movimiento: El Estrato Celeste/Terrenal Superior
En la coronación del cuadro, un manto espeso y turbio de color marrón y ocre oscuro lo comprime todo. No es un cielo transparente; es una atmósfera pesada, casi geológica, que se inclina sobre el horizonte como un techo que amenaza con desplomarse.
Para entender este límite, es imprescindible convocar a Ailton Krenak, un pensador indígena brasileño que nos enseña a posponer el fin del mundo mediante el arte de contar historias y de mantener una relación viva y ritualizada con la tierra. Desde su perspectiva, el cielo no es una abstracción celeste, sino una herencia viva que requiere de nuestro cuidado para no desplomarse sobre nuestras cabezas. El gran bloque marrón superior de "COACTUS" encarna ese peligro: un firmamento cargado de gravedad que presiona la ladera azul inferior.
Justo en esa cicatriz divisoria, desafiando la opresión del ocre, se asienta un rotundo cuadrante rojo. ¿Es una puesta de sol capturada en una caja geométrica? ¿Es un bloque de fuego que calienta el límite del mundo? Krenak vería en este rectángulo rojo una de esas "cúpulas de resistencia", un dispositivo de calor y memoria que impide que la oscuridad superior termine de tragar el azul. Es una advertencia brillante que nos recuerda que allí donde el cielo se vuelve pesado, la respuesta de la tierra debe ser un pulso de luz encendida.
Cuando estuve ante el lienzo en blanco, antes de que existieran estas formas, me obsesionaba la fragilidad del equilibrio. Recuerdo el pulso tembloroso de mi mano al trazar las finísimas líneas que ahora cruzan y dividen la gran masa azul. Sentía que si esas líneas se desviaban un solo milímetro, el enorme peso del bloque marrón superior caería aplastando los pequeños compartimentos de color. Quería que esas incisiones casi invisibles sostuvieran una tensión física real, como cables tensores que impiden que el cuadro se desmorone bajo la presión de su propia atmósfera.
Segundo Movimiento: La Ladera Azul y las Celdas del Refugio
Bajo la frontera del cielo ocre se despliega una inmensa ladera de azul profundo que domina la composición. No es un azul liso; tiene la densidad de la noche o de la arcilla húmeda. En este territorio inclinado, el espacio se organiza a través de líneas delgadas que segmentan la superficie, creando pequeños nichos donde se incrustan bloques amarillos, negros y celestes.
Aquí es donde la mirada de Hassan Fathy, un arquitecto egipcio pionero que reivindicó el uso del adobe y el barro para devolver a las comunidades el poder de construir sus propios refugios térmicos y humanos, cobra todo su sentido. Fathy entendía la arquitectura como una prolongación orgánica del suelo, un juego de sombras y ventilaciones para humanizar el desierto. Al observar los bloques de "COACTUS", uno no puede evitar preguntarse si estas formas no son, en realidad, viviendas mínimas esculpidas en la ladera del mundo, ventanas de un pueblo vertical que busca protegerse de la intemperie cósmica.
Sin embargo, estas celdas no dialogan de la misma manera con el espacio. Nos obliga a interrogarnos: ¿Qué tipo de silencio se respira dentro de esa celda negra central en comparación con el bloque amarillo del extremo izquierdo? Mientras el amarillo en la periferia parece irradiar la última luz de un día caluroso, la celda negra absorbe toda mirada, convirtiéndose en un pozo de absoluto mutismo, un espacio de repliegue donde el cuerpo se esconde del mundo.
Si estas líneas delgadas no fueran fronteras, sino costuras que intentan evitar que la pintura se rompa, ¿qué es lo que está tirando de cada lado? Por un lado, la inercia del peso y la gravedad que arrastra todo hacia abajo; por el otro, la obstinada voluntad de estos pequeños bloques de color de permanecer suspendidos en la pendiente, resistiéndose a deslizarse hacia el abismo.
Ahora que veo la obra terminada, ya desprendida de mis pinceles y enmarcada en su límite negro, experimento un extraño extrañamiento. Noto que quienes la observan tienden a buscar en ella mapas, refugios o estructuras arquitectónicas habitables, intentando domesticar su misterio. Pero para mí, hay algo en ella que se me escapa por completo: una vibración silenciosa en la transición del azul al rojo inferior que yo no planifiqué conscientemente, un desacuerdo interno entre la rigidez de las geometrías y la fluidez del pigmento que desmiente cualquier promesa de refugio seguro.
Tercer Movimiento: La Base de la Gravedad
Al llegar a la base de la pintura, el azul profundo cede ante una franja de tonos rojizos oscuros y terrosos que asienta la obra. Es el suelo definitivo, el lecho donde mueren las tensiones del cuadro. En esta base, arrinconado en la esquina inferior derecha, habita un pequeñísimo cubo azul, texturizado con sutiles pinceladas verticales que le dan una cualidad casi táctil de mineral o de tejido denso.
Este cubo diminuto sostiene una tensión poética monumental con el resto de la obra. Nos plantea una última pregunta: ¿Qué ve un habitante del pequeño cubo azul inferior que el gran rectángulo rojo superior jamás podrá comprender? Desde su posición humilde, el pequeño cubo azul experimenta el peso acumulado de toda la pintura, la presión de las laderas superiores y la densidad de la tierra bajo sus pies. Comprende la fatiga del suelo y el valor de mantenerse en pie en el punto más bajo. El gran rectángulo rojo superior, suspendido en la frontera del cielo, solo conoce la altitud y el calor seco; ignora el esfuerzo silencioso de la gravedad que el cubo azul debe metabolizar cada segundo para que el cuadro no pierda su eje.
"COACTUS" no es una obra estática. Es un sistema térmico donde el frío azul de la ladera se frota contra el calor seco de los bloques rojos y amarillos. Al apartar la mirada del cuadro, nos queda en el cuerpo la sensación física de haber contemplado un territorio sagrado y vulnerable que, a través de sus costuras y sus pequeños núcleos de color, sigue luchando activamente por no romperse.