Obra publicada / STRATA
ATHAR
De la serie STRATA
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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STRATA
Serie pictórica
STRATA
STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
- Estudios de contexto
- 19
Nota conceptual
Al contemplar la superficie de la obra "ATHAR", el espectador es confrontado por un denso y visceral campo cromático de color rojo carmesí, un territorio donde la materia pictórica parece latir con una vibración interna y contenida. Las finas incisiones horizontales que raspan el óleo no se comportan como meros trazos decorativos o líneas de fuga convencionales; son auténticas heridas y hendiduras que dividen, fracturan y estructuran el espacio en estratos de tiempo acumulado. En este paisaje de fuego y cicatriz, el concepto de pertenencia se manifiesta no como un estado de arraigo plácido u hogareño, sino como una tensa y física negociación con el suelo que se habita. Pertenecer, aquí, implica estar irremediablemente marcado por la gravedad y la aspereza del territorio. Los cuatro pequeños bloques o nichos geométricos de un blanco translúcido, que penden de las líneas incisas como si buscaran un asidero precario en una pendiente resbaladiza, encarnan esta lucha: la pertenencia en la obra de Valch no se hereda de manera pasiva, sino que se conquista pulgada a pulgada a través de la resistencia, la fricción y la obstinación de la propia materia.
Cuando me enfrento al lienzo en la intimidad de mi taller, mi relación con el óleo rojo no es de mera aplicación, sino de una intensa excavación física; utilizo la espátula no solo para añadir, sino para restar, raspando la superficie para revelar la luz subyacente que el pigmento intenta sepultar. En ese acto de incisión, donde la herida del cuadro se convierte en su propia estructura, mi noción de pertenencia se transforma profundamente: comprendo que el color no es un fondo inerte sobre el cual pintar, sino un cuerpo vivo que atesora su propio discurrir temporal. Al situar estos pequeños bloques monolíticos en un equilibrio casi inverosímil sobre las líneas que he trazado, me asaltan dudas constantes sobre su destino en el lienzo. Me pregunto si este sentido de pertenencia que busco plasmar es una elección deliberada del espíritu o si, por el contrario, es una marca ineludible, una cicatriz heredada en la piel de la pintura que no poseo el poder de borrar y que nos define tanto a mí como al soporte que sostengo.
La disposición de estos bloques rectangulares introduce una dimensión arquitectónica que activa el concepto de protección, operando bajo una paradoja visual sumamente conmovedora. Desde una perspectiva arquetípica, la forma del nicho o del monolito cerrado evoca la noción de un refugio seguro, un búnker inexpugnable diseñado para salvaguardar la intimidad o resguardar una esencia sagrada del exterior hostil. Sin embargo, en ATHAR, estas pequeñas fortalezas se hallan suspendidas a distintas alturas sobre un declive sutil pero constante, expuestas a una caída inminente dictada por la invisible pero implacable ley de la gravedad que late en la pintura. Esta disposición genera una tensión insoportable entre la rigidez protectora del bloque, que parece celoso de su propio secreto, y la extrema fragilidad de la línea sustractiva que apenas lo sostiene. La obra nos obliga a cuestionar si la verdadera protección reside en el aislamiento hermético dentro de la propia estructura monolítica o si, paradójicamente, consiste en aceptar la inevitable vulnerabilidad de deslizarse y rozar la superficie rugosa del mundo.
Al tomar la decisión de extraer la obra de los límites protectores del caballete y del taller para presentarla apoyada directamente sobre el suelo, como un monolito exento expuesto a las variaciones incontrolables de la luz natural, doy un paso decisivo hacia el territorio de la confianza absoluta. Este desprendimiento físico de la pieza, que ahora interactúa con la horizontalidad real del suelo y la atmósfera cambiante de la sala, es para mí un ejercicio de entrega y desapego técnico y espiritual. Dejo de ejercer el control absoluto sobre la pintura para permitir que el rojo carmesí y la sutil vibración de mis incisiones entablen su propio diálogo con la arquitectura del espacio real. En mi proceso, la confianza no se define como una certeza racional o calculada, sino como ese instante preciso de abismo en el que decido soltar las amarras del cuadro y dejar que las leyes físicas y poéticas de la materia operen por sí solas; es el valor supremo de permitir que el secreto pintado permanezca indescifrable, respirando bajo su propia luz.
En última instancia, ATHAR se configura como lo que denomino una "orilla táctil", una membrana vibrante donde las divisiones tradicionales entre sujeto y objeto, adentro y afuera, o creador y materia, terminan por disolverse en una comunión silenciosa. El recorrido de la mirada por los cuatro bloques de la obra, que ascienden o descienden en su particular vía crucis geométrico, no busca alcanzar una llanura o una redención final, sino que encuentra la estabilidad en la aceptación de la propia pendiente y en la honestidad táctil de la caída. Al fundirse los conceptos de pertenencia, protección y confianza en el plano pictórico, la obra deja de ser una trinchera defensiva frente a la incertidumbre para convertirse en un umbral de reconciliación existencial. Aquí, pertenecer a la tierra con todas sus cicatrices, proteger el misterio íntimo de la existencia y confiar plenamente en la gravedad de nuestro propio destino se revelan, bajo la luz que acaricia el lienzo, como un único, indivisible y profundamente poético movimiento del alma.