Obra publicada / STRATA

VESTIGIA

Materia y memoria en un campo de color burdeos

Medidas
31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
Serie
STRATA Serie pictórica STRATA 2026–Present · 18 obras STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
Estudios de contexto
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Nota conceptual

Abajo, la primera línea se curva como una cota de terreno que ha renunciado a medir con precisión. No sostiene el espacio: apenas lo roza y, sin embargo, obliga al ojo a bajar hasta ella, a inclinarse. Sobre su recorrido aparece una forma clara, pequeña, algo ladeada, tan mínima que podría pasar por una interrupción del rojo. Pero no pasa. Se queda. Si estas cuatro líneas fueran los únicos restos de una música que ha perdido su sonido y de una noche que ha perdido su oración, esta primera presencia podría ser el lugar donde alguien dejó de caminar sin llegar a sentarse. ¿Por qué la cosa pequeña de abajo parece guardar calor en un solo borde? La pregunta tiene algo de niño y algo de alarma doméstica: como si el vasto campo oscuro fuera una habitación demasiado grande y esa forma hubiera olvidado encender una luz. El rojo, casi vino y casi tierra nocturna, no ofrece profundidad como promesa; ofrece reserva. Cada línea es una cota que se niega a ser estable, y cada bloque parece haber sobrevivido a una retirada: no anuncia conquista, sólo persistencia.

En la segunda línea, un poco más arriba, la inclinación cambia. El ojo sube, resbala hacia un lado, vuelve a encontrar una pequeña forma clara y ya no sabe si está ante una casa lejana, un trozo de pared, un cuerpo detenido detrás de un borde. Juan de la Cruz. Fue un poeta y místico que hizo de la oscuridad y de la falta de certezas una forma de búsqueda. Aquí su sensibilidad no convierte el rojo en drama ni las alturas en salvación. Más bien reconoce una geografía de desposesión: límites cada vez más silenciosos, refugios que no prometen amparo, señales que han quedado cuando casi todo lo demás se ha retirado. La pregunta cambia: no se trata ya de quién habita esas pequeñas formas, sino de cuánto vacío puede sostener una cosa pequeña sin dejar de ser cosa. La línea parece decir: todavía hay suelo. El bloque responde: quizá, pero no demasiado.

Miro la superficie y la distancia entre una línea y otra no se comporta para mí como una distancia fija. A veces parece que subo; otras, que todo baja y me deja detrás. Veo las formas claras y no consigo decidir si se afirman o si están a punto de desaparecer. Cuando me acerco, el rojo se vuelve menos compacto de lo que parecía; cuando me alejo, las líneas empiezan a ordenar algo que no sé nombrar. No puedo asegurar que haya aquí retiro, oración o danza. Sólo percibo que una presencia mínima altera un campo entero y que esa alteración me obliga a mirar de nuevo.

La tercera línea, casi horizontal, introduce una pausa más extraña. Allí la pintura parece contener la respiración. El pequeño bloque situado hacia la derecha podría ser una habitación diminuta frente a un paisaje sin puertas; también podría ser un golpe leve de luz que ha aprendido a quedarse quieto. Su claridad no vence al rojo: lo vuelve más denso alrededor. La arquitectura regresa como ritmo. Un borde, una pausa, un lugar donde el ojo toca algo y rebota. Entonces irrumpe Joséphine Baker. Fue una artista escénica que hizo del cuerpo y del ritmo una energía capaz de cambiar un espacio entero. Ante esta línea, los bloques dejan de ser solamente ruinas o ermitas: empiezan a comportarse como apariciones escénicas, como golpes de presencia en una coreografía sin figuras humanas. Las líneas, antes leídas como estratos o horizontes, se vuelven compases irregulares. Una avanza, otra se demora, otra parece perder el pulso y encontrarlo más arriba. Hay un momento casi cómico: el bloque de la derecha parece haber llegado tarde a una cita que nadie convocó. Pero esa ligera torpeza abre aire. No banaliza la oscuridad; la hace respirable.

La sensibilidad de Baker encuentra, sin embargo, una resistencia obstinada. No hay aplauso, ni velocidad, ni un cuerpo reconocible que confirme la danza. El ritmo ocurre casi inmóvil. Lo que parecía un compás vuelve a ser silencio, aunque un silencio que ya ha aprendido a mover el hombro. La gravedad que Juan encontraba en las líneas no desaparece: cambia de peso. Una presencia puede tener pulso sin convertirse en espectáculo; puede querer ser vista sin ocuparlo todo. Y el despojo puede no ser solamente renuncia: puede guardar humor, deseo, un mínimo capricho de supervivencia. La pregunta infantil regresa modificada: quizá la cosa de abajo no guarda calor en un borde; quizá está ensayando una manera de no enfriarse mientras espera que la línea vuelva a pasar por debajo de ella.

Después de ese ritmo inmóvil, siento que la pintura se ha separado de mí y que ya no acepta ser recorrida como una superficie conocida. La miro y descubro que sus líneas no obedecen a la ruta que imaginaba. Quiero seguirlas hacia arriba, pero me devuelven hacia abajo; quiero leer los bloques como presencias, pero a veces me miran como huecos. No puedo recuperar del todo lo que ha quedado ahí. Sólo puedo aceptar que algo en esta pintura me pide una atención que todavía no sé darle.

En la cuarta línea, la más alta, el desplazamiento se vuelve más fino. Sube hacia la derecha, se adelgaza, vacila en el borde del territorio rojo. Cerca de ella, una forma clara aparece como una mínima construcción o una señal dejada por alguien que no quiso explicar su gesto. Ahora la verticalidad del lienzo pesa en el cuerpo: los ojos ascienden, se detienen, vuelven a caer hacia la línea media, repiten el trayecto. No queda claro si el movimiento es ascenso o descenso. Tal vez leer rastros consiste en aceptar esa confusión: una cota se convierte en compás, el compás en silencio, el silencio en una huella corporal tan leve que apenas se atreve a reclamar espacio.

VESTIGIA conserva su sospecha sin resolverla. Algo pasó aquí, pero también cabe pensar que las marcas esperan todavía el acontecimiento que las haga necesarias. En el tramo superior, donde la línea pálida se aproxima al borde derecho y parece continuar fuera del cuadro, queda una desviación mínima, casi una inseguridad del recorrido. Junto a ella, el pequeño bloque claro no termina de ser refugio, escenario, obstáculo ni cuerpo. Permanece allí, apenas separado del rojo, como si acabara de descubrir que alguien lo estaba mirando y no supiera aún si debe quedarse o retirarse.

Dentro de STRATA

STRATA es una serie de pintura abstracta matérica de Maurizio Valch, realizada con acrílico y óleo sobre lienzo. Sus superficies estratificadas, campos cromáticos, bloques e incisiones construyen territorios de presión, memoria y transformación.