SIGNUM, acr%lico sobre lino, 120 x 80 cm. Obra de la serie STRATA por Maurizio Valch.

Obra publicada / STRATA

SIGNUM

De la serie STRATA: la materia como registro de lo que permanece

Medidas
31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
Serie
STRATA Serie pictórica STRATA 2026–Present · 18 obras STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
Estudios de contexto
8

Nota conceptual

La mirada se sumerge directamente en una penumbra cromática donde la densidad de un azul índigo casi insondable actúa como fondo y resistencia de la visión. Cuatro masas de un rojo carmesí texturado parecen ascender de forma discontinua, apoyadas sobre finísimas líneas blancas oblicuas que cruzan el lienzo de un extremo a otro, interrumpiendo la uniformidad del espacio. Esta disposición sugiere una tensión suspendida, una estructura de cálculo donde las trayectorias lineales operan casi como rieles o guías predeterminadas para sostener una serie de pesos cromáticos. En este punto aflora una sospecha cercana al pensamiento de G. I. Gurdjieff sobre el automatismo y el recuerdo de sí: estas vías diagonales podrían ser tanto los rieles de un engranaje perceptivo inevitable como los peldaños de una escala de atención que obliga al espectador a rastrear el plano para despertar de su letargo contemplativo, descifrando la relación de gravedad y equilibrio entre los bloques.

Al enfrentarme al soporte de lino, busco que la materia ofrezca una resistencia real, un peso físico que se oponga a la mera ilusión de profundidad. Aplico el acrílico carmesí con espátula, buscando una carga densa y pastosa que acumule luz en sus relieves y rompa la aparente calma de la superficie azul. Las líneas blancas no son trazos añadidos con un pincel ligero sobre la tela acabada; son incisiones profundas, hendiduras físicas sobre las capas de pigmento húmedo que revelan la base del cuadro, abriendo una suerte de costura o frontera en la masa cromática. Grabar esa delgada hendidura exige un pulso seco y definitivo, un corte directo que detiene la vibración del azul índigo y establece una coordenada espacial rigurosa sobre la que deben asentarse y resistir los bloques rojos.

Al retroceder ante estas marcas rojas y cortes lineales, la mente se ve arrastrada hacia una dimensión temporal arcaica que evoca el nacimiento del primer signo humano en la penumbra de las cuevas paleolíticas como Altamira. Aquellas improntas primitivas sobre la roca no nacieron como ornamentos, sino como gestos de domesticación del vacío, marcas destinadas a fijar una presencia consciente ante la inmensidad de la naturaleza. Siguiendo el análisis de Mircea Eliade sobre cómo el espacio sagrado se funda a partir de un punto de orientación que introduce orden en el caos circundante, estos bloques carmesíes actúan como hitos fundacionales. Son pequeños dólmenes de pigmento puro que organizan el vacío de la tela, transformando un fondo bidimensional en un territorio habitable y comprensible para el ojo humano.

No pretendo, sin embargo, que el lienzo se convierta en una ilustración de teorías antropológicas o en una clave arqueológica para descifrar el pasado. En el silencio de mi taller, el trabajo con la pintura es un asunto mucho más físico e inmediato, guiado por la pura intuición del equilibrio y por la incertidumbre de no saber dónde encajará el siguiente plano de color sobre el plano azul. El azul profundo y el rojo denso actúan aquí como fuerzas brutas, polaridades físicas que chocan en la tela antes de que cualquier espectador intente cubrirlas con palabras o conceptos metafóricos. Al final, lo que me interesa es sostener esa vibración pura de la materia en el espacio, dejando que la pintura se defienda por sí misma en su propia realidad bidimensional y resista el deseo de explicación.

El formato vertical de ciento veinte por ochenta centímetros establece una escala que dialoga directamente con la estructura física del cuerpo del observador. Al aproximarse a la superficie, la vibración rugosa del acrílico rojo y la herida sutil de las líneas incisas atrapan la mirada en los detalles de su manufactura, mientras que, al tomar distancia, la composición recupera su severidad geométrica y su carácter de partitura espacial. Es precisamente en este juego de proximidad y alejamiento donde la tensión entre el orden constructivo de las líneas y la fractura orgánica del pigmento queda suspendida. La pintura rehúsa ofrecer una resolución definitiva, obligándonos a habitar ese intervalo donde el signo no busca explicar el mundo, sino simplemente presentarse ante nosotros en su muda y densa elocuencia.