Obra publicada / SITUS
GRADUS
La tensión del equilibrio y la materia en suspensión
- Medidas
- 47.2 × 63 in / 120 × 160 cm
- Serie
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SITUS
Serie pictórica
SITUS
SITUS reúne pinturas abstractas donde la posición de una forma, la distancia que la separa de otra y la actividad del vacío construyen un territorio de relaciones. Maurizio Valch trabaja líneas, bordes, desniveles y campos cromáticos como condiciones de presencia antes que como signos de una narración cerrada. Ver serie
- Estudios de contexto
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Nota conceptual
Una gigantesca cuña de materia ocre y carmesí irrumpe con violencia en el tercio izquierdo del lienzo, interrumpiendo abruptamente el monopolio del azul índigo que domina el resto del espacio. Esta masa vertical, densa y de factura casi geológica por el uso matérico del acrílico y el óleo, actúa como un imponente acantilado cromático. Su presencia ejerce una función defensiva inmediata: es una muralla, un escudo táctil que parece detener el avance de un vacío absoluto y nocturno. La pintura se divide así en dos mundos asimétricos, estableciendo un límite físico donde la franja izquierda encarna una promesa de protección severa, casi hermética, frente a la inmensidad desprotegida del azul. El observador percibe este límite no como una transición suave, sino como una frontera tajante entre lo resguardado y lo expuesto, un umbral donde la pesadez de la tierra se mide de frente con la ingravidez del abismo.
En la quietud de mi estudio, cuando me enfrento a la vasta superficie del azul antes de que termine de asentarse, cojo el punzón para realizar las incisiones. No busco añadir líneas superpuestas, sino herir la capa pictórica, realizar cortes precisos que desvelen los estratos inferiores del lienzo y dejen un rastro blanco, una cicatriz limpia en la densidad del pigmento. Al suspender esos bloques rojos y macizos sobre la fragilidad de estas incisiones oblicuas, ejecuto un ejercicio de confianza radical. Sostener la materia cromática sobre un trazo tan fino no requiere de un suelo firme ni de un soporte previsible; exige confiar plenamente en la tensión del vacío y en la exactitud geométrica del corte. Es la fe en que una línea hendida, por más delgada que sea, posee la resistencia estructural necesaria para soportar el peso de un cuerpo en vilo, transformando la inestabilidad en un equilibrio deliberado y tenso.
Al recorrer el sector azul del lienzo, la mirada descubre una alternancia desconcertante entre densidades y ausencias. Por un lado, se aprecian pequeños cuadriláteros vacíos, apenas perfilados como delicadas estructuras de alambre que flotan o descansan en la base; por otro, los bloques de un rojo opaco y rotundo que se balancean con gravedad contenida sobre las pendientes incisas. Esta dialéctica formal plantea un cuestionamiento sobre la naturaleza de la pertenencia en el espacio abstracto. El cuadro nos interroga sobre si pertenecer a un lugar equivale a ocuparlo de manera física y asertiva mediante la imposición de nuestro peso —como el bloque rojo que se afirma en la línea— o si, por el contrario, la verdadera pertenencia consiste en habitar un contorno transparente, una arquitectura despojada y abierta al paso del fondo. Estas geometrías mínimas trazan una cartografía de la estancia y el desapego, sugiriendo que el arraigo no es una condición estática, sino una oscilación permanente entre la presencia maciza y la huella vacía en este territorio de noche.
Sé bien que esa gran masa carmesí y ocre que he levantado a la izquierda ofrece una primera impresión de seguridad, pero como pintor desconfío de los refugios absolutos. La búsqueda obsesiva de protección esconde una trampa: si nos negamos a abandonar la fortaleza, ese parapeto sólido se convierte inevitablemente en una celda que nos incomunica del resto del mundo. El cuadro necesita el gradus, el paso que nos impulse hacia la intemperie del azul. Por ello, decidí aplicar esas zonas de luz amarilla vibrante que bordean y desgastan el margen derecho de la gran masa terrestre. Ese destello luminoso no es un adorno; es un umbral activo, una fisura de calor que socava la rigidez del muro e invita a dar el salto hacia fuera, abandonando la seguridad del búnker para ensayar una forma de pertenencia mucho más libre, móvil y necesariamente vulnerable en el plano abierto de la tela.
De este modo, GRADUS articula sus tensiones no para proponer una ascensión lineal hacia un objetivo definitivo, sino para cartografiar un estado de suspensión constante. El paso al que alude el título se revela como una secuencia de apoyos mínimos y desniveles calculados que reconfiguran nuestra relación con el espacio. Al final de este itinerario visual, la obra desmantela las certezas convencionales de sus tres pilares conceptuales: la protección ya no se identifica con el aislamiento de un muro impenetrable, la pertenencia se despoja de la necesidad de un arraigo pesado y asfixiante, y la confianza se manifiesta como la capacidad corporal de situarse en el declive de una línea herida, sosteniéndose en la pendiente sin sucumbir al temor de la caída. En este lienzo de Valch, habitar el vacío no es una condena al desamparo, sino la conquista de una libertad geométrica que aprende a sostenerse sobre la delicada costura del propio trazo.