Obra publicada / STRATA
DECLIVIS
De la serie STRATA
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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STRATA
Serie pictórica
STRATA
STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
- Estudios de contexto
- 8
Nota conceptual
La superficie de DECLIVIS se presenta ante la mirada como un denso y vibrante campo cromático carmesí, surcado por finas incisiones blancas que trazan trayectorias diagonales en un continuo descenso. En esta composición, la noción tradicional de protección queda suspendida y reformulada desde su raíz física. Habitualmente, el acto de proteger se asocia a la rigidez, a la construcción de muros ortogonales y a la búsqueda de una estabilidad imperturbable que aísle al cuerpo de las fuerzas externas. Sin embargo, en esta pintura, los pequeños bloques rojos parecen deslizarse sin remedio por pendientes inestables, sostenidos apenas por la delicada tensión de las líneas incisas. La obra sugiere así que la verdadera seguridad no se halla en la resistencia tenaz contra el declive o en la erección de barreras infranqueables, sino en la aceptación consciente de la caída y de la gravedad como dinámicas fundamentales del movimiento vital.
Al enfrentarme al bastidor cubierto por la densa capa de óleo carmesí, mi práctica pictórica no busca construir por acumulación decorativa, sino desenterrar mediante la sustracción. Con la espátula, raspo la materia húmeda y abro canales que revelan la luz blanca subyacente del gesso, un gesto físico que exige una confianza absoluta en el comportamiento del pigmento y en la firmeza de mi propio pulso. Esta línea incisa, al renunciar deliberadamente a la horizontalidad perfecta y al orden geométrico predecible, encarna el concepto del clinamen, ese desvío creador que introduce la contingencia en el vacío. Para mí, confiar sobre la tela significa entregarme al peso del óleo y a la tracción de la gravedad, permitiendo que las formas se deslicen y encuentren su propio equilibrio dinámico sin la imposición rígida de una plomada o un nivel que ordene artificialmente el espacio.
Diseminados a lo largo de estas hendiduras lumínicas, los pequeños bloques cuadrangulares de color se suspenden en el espacio pictórico, planteando una interrogante sobre la naturaleza de la pertenencia. ¿A qué se adhiere un cuerpo cuando el suelo sobre el que descansa carece de una llanura estática? Frente a la concepción común de que pertenecer implica echar raíces profundas en un territorio inmóvil, DECLIVIS propone una pertenencia de carácter estrictamente dinámico y relacional. Los bloques no están fijos; pertenecen a la línea inclinada que los desplaza, al vacío vibrante del fondo rojo que los envuelve y a la velocidad compartida del trayecto. El cuadro desmiente la fijeza como condición de identidad y demuestra que el sentido de pertenencia puede ser una complicidad activa con el tránsito, un habitar el movimiento mismo junto a otros elementos que comparten el mismo vector de caída.
Cuando extiendo el óleo carmesí más allá del plano frontal de la tela y permito que las incisiones envuelvan los bordes del bastidor de tres centímetros de profundidad, busco anular la frontera tradicional que aísla la pintura del mundo real. Al prescindir de un marco contenedor, desmantelo la trinchera que históricamente ha funcionado como una protección para el ego del creador, un límite que pretendía preservar la obra en un plano puramente autónomo. Ahora, la pintura se convierte en un cuerpo expuesto que habita la arquitectura de la sala de manera táctil, transformando mi propio sentido de pertenencia hacia el espacio de trabajo; ya no soy el autor que domina una ventana ficticia, sino un operario que inserta un objeto físico en la experiencia cotidiana del espectador, donde los cantos vivos del cuadro se vuelven membranas de contacto directo con la realidad exterior.
En la contemplación final de DECLIVIS, los conceptos de pertenencia, protección y confianza se funden en una sola experiencia espacial y matérica que invita a habitar el presente sin la promesa de un reposo definitivo. La sutil síncopa de las líneas oblicuas y la tensión contenida de los bloques rojos no empujan al ojo hacia una meta exterior ni hacia la coronación de una cumbre, sino que sostienen la atención en el declive mismo. La obra demuestra, a través de su rigor estructural y su vibración cromática, que la serenidad no se conquista al final de un ascenso heroico, sino en la honestidad de aceptar la caída común. En este plano, el desvío de la línea no es un error de cálculo, sino nuestra verdadera casa, y el declive se revela como el único suelo donde es posible ensayar una existencia compartida y en constante transformación.